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Explican que el proceso comenzaría rociando el polvo de arcilla al final de las floraciones de algas. Estas floraciones pueden crecer hasta cubrir cientos de kilómetros cuadrados y eliminar alrededor de 150 mil millones de toneladas de dióxido de carbono de la atmósfera cada año, convirtiéndolo en partículas de carbono orgánico. Pero una vez que la floración muere, las bacterias marinas devoran las partículas, liberando la mayor parte del carbono capturado de nuevo a la atmósfera.
Los investigadores descubrieron que el polvo de arcilla se adhiere a las partículas de carbono antes de que vuelvan a entrar en la atmósfera, redirigiéndolas a la cadena alimentaria marina en forma de pequeñas bolitas pegajosas que el voraz plancton consume y luego excreta a profundidades más bajas.
“Normalmente, solo una pequeña fracción del carbono capturado en la superficie llega a las profundidades del océano para su almacenamiento a largo plazo”, afirma Mukul Sharma, autor del estudio. “La novedad de nuestro método es utilizar arcilla para hacer que la bomba biológica sea más eficiente: el plancton genera heces cargadas de arcilla que se hunden más rápido”.
“Este material particulado es lo que estos pequeños animales están diseñados para comer. Nuestros experimentos demostraron que no pueden distinguir si es arcilla y fitoplancton o solo fitoplancton: simplemente lo comen. Y cuando lo defecan, están a cientos de metros por debajo de la superficie y todo ese carbono también”.