Hay una frase que se repite con frecuencia en las organizaciones cuando una decisión no se entiende, los empleados están desmotivados, los clientes no reaccionan como se esperaba o una nueva política genera resistencia: “Tenemos un problema de comunicación”. La reacción suele ser preparar otra nota de prensa, convocar una reunión, cambiar el mensaje o diseñar una nueva campaña. Pero, y si el problema no estuviera en la forma de comunicar, sino en lo que la organización está haciendo. A veces, la
Hay una frase que se repite con frecuencia en las organizaciones cuando una
decisión no se entiende
, los
empleados están desmotivados
, los clientes no reaccionan como se esperaba o una nueva política genera resistencia: “Tenemos un
problema de comunicación
”.
La reacción suele ser preparar otra
nota de prensa
, convocar una reunión,
cambiar el mensaje
o diseñar una
nueva campaña
. Pero, y si el problema no estuviera en la forma de comunicar, sino en lo que la organización está haciendo.
A veces, la dificultad no consiste en
explicar mejor
una decisión, sino en
cerrar la distancia
entre
lo que la empresa dice
y lo que hace. La
comunicación
puede ayudar a entender una decisión, pero no puede sustituirla ni corregir sus consecuencias.
Una organización puede hablar de
servicio al cliente
y, al mismo tiempo, hacer que sus usuarios esperen durante horas o
promover el bienestar
mientras reconoce y recompensa a quienes trabajan hasta el agotamiento o incluso afirmar que las
personas son su principal activo
y tomar
decisiones
que las hagan sentir prescindibles.
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Cuando la
experiencia contradice el discurso
En esos casos, el problema no está en el mensaje, sino en la experiencia que viven las personas. Esta experiencia también comunica, concretamente lo hacen las
decisiones
, los
comportamientos
, los
procesos
y la manera en que una empresa responde cuando algo sale mal.
Por esto, la
reputación
no se construye únicamente con
campañas
, relaciones públicas o
presencia en los medios
. También se forma en cada interacción que confirma o contradice lo que una organización dice ser.
Cuando una empresa proclama determinados
valores
, pero actúa en sentido contrario, sus
empleados y clientes
reciben una señal clara sobre cuáles son sus verdaderas prioridades. La
conducta
termina teniendo más valor que cualquier comunicado institucional.
La
incoherencia
, además, tiene un costo. Una
promesa que no se cumple
genera frustración y cuando esta experiencia se repite en el tiempo se convierte en
desconfianza
. Recuperar la confianza suele exigir mucho más que publicar una explicación o lanzar una
nueva campaña
.
La
comunicación estratégica
empieza antes del mensaje
Esto también cambia el papel de la
comunicación estratégica
. Su trabajo no debería comenzar únicamente cuando llega el momento de
preparar un mensaje
, sino mucho antes, cuando se discuten las
decisiones
que afectarán a empleados, clientes y otros grupos de interés.
Para hacerlo, el
área de comunicación
necesita trabajar de cerca con
recursos humanos
, operaciones,
servicio al cliente
,
tecnología
y asuntos legales, además de participar en las conversaciones donde se toman las
decisiones
. No para controlar cada actuación, sino para identificar contradicciones y anticipar cómo pueden ser percibidas.
Una
buena comunicación
no convierte una mala experiencia en una buena, ni transforma por sí sola una contradicción en
coherencia
. Pero sí puede ayudar a
reconocer el problema
, explicar qué se hará para corregirlo y
dar seguimiento
a los compromisos asumidos.
El desafío será todavía mayor en un entorno donde la
inteligencia artificial
permite producir
mensajes cada vez más rápidos
,
pulidos y convincentes
. Las empresas podrán generar comunicados, imágenes y narrativas en menos tiempo y a menor costo.
Pero producir un
mensaje convincente
no significa que la organización sea capaz de
cumplir lo que promete
. La
tecnología
puede mejorar la forma de contar una historia, pero no puede reemplazar las
decisiones
y los
comportamientos
que le dan credibilidad.
A medida que
producir contenido
resulte más fácil, la diferencia estará menos en quién comunica mejor y más en quién logra
respaldar su discurso
con hechos. Para las organizaciones, eso supone revisar no solo lo que dicen, sino también las
experiencias que generan
y las expectativas que crean.
La
reputación
no se construye cuando una empresa explica quién es, sino cuando sus
empleados, clientes y demás públicos
pueden reconocerla en lo que hace. Cuando las
decisiones
y las palabras cuentan la misma historia, la organización necesita convencer menos, porque su propia experiencia habla por ella.
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Las promesas también generan pasivos
La comunicación que todavía funciona
Confundir novedad con relevancia
Vía: Diario Libre Revista



