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“Kendyl no tenía idea de que existían, así que cuando se los puso y comencé a hablar, se sorprendió por completo”, dijo Bri. “Se quedó atónita, incluso lloró un poco porque no podía creer que pudiera ver lo que estaba diciendo frente a ella”.
No solo le permiten a Kendyl seguir las conversaciones con mayor facilidad, sino que también la ayudan a practicar el habla al probar si sus propias palabras aparecen correctamente en la pantalla.
“No puede escucharse a sí misma, así que usa las gafas para verificar si está pronunciando bien las palabras”, dijo Bri. “Dice ‘Mamá, mamá, mamá’ y espera a ver si aparece. Cuando aparece, se emociona mucho”.
La niña de 10 años es la única persona sorda en su familia y, a veces, ha tenido dificultades para comprender por qué es diferente. Las gafas ya le han dado a Kendyl un gran impulso de confianza, permitiéndole participar en más actividades sociales y comunicarse con personas que no saben ASL.